lunes 2 de noviembre de 2009

Un Condenado a Muerte



Para Relato Comansi

As Samawah, Irak.- En este diminuto pueblo al sur de Bagdad, Abdel Bari, profesor del la única escuela de jóvenes en la región, fue acusado de propagar ideas que atentan contra la fe mahometana, por lo que luego de un juicio breve en el que dicho implicado rehusó emitir comentario alguno, las autoridades religiosas, encontrándolo culpable, lo sentenciaron a la pena capital. Escoltado por cuatro lugareños, Abdel fue llevado a una humilde casa de barro donde pasará siete días y siete noches. Jalil, uno de los líderes musulmanes que desempeñó un papel importante en el juicio, se refirió al enclaustramiento como un castigo que le permitirá estimar la magnitud de sus ofensas.

Un familiar de Abdel Bari, quien me pidió mantener su identidad en el anonimato por razones de seguridad antes de acceder a la entrevista, explicó que en el trasfondo de aquella parafernalia se ocultaba una personal animadversión de Jalil contra Abdel Bari que inició el día en que éste impidió a una turba furiosa lapidar a una muchacha.

–Era una mujer que despreció al pillo de Jalil –dijo en voz baja, como si temiese que las paredes de su cuarto pudieran oírle-. Un día, el padre encomendó a la mujer traer agua de una fuente cercana, y obedientemente, ella caminó hacia el lugar preciso y se inclinó para recogerla, pero entonces Jalil, que la había estado acechando desde hacía tiempo atrás, intentó sujetarla para dar gusto a sus demonios. Sin embargo, la presa inocente era más fuerte de lo que pensó, ya que con un ágil movimiento se libró de sus manos y le hirió en el abdómen con un puñal que ocultaba debajo de su vestido –mi interlocutor se echó para atrás y frunciendo el ceño me miró con una severa expresión que infundía miedo-: Jalil es un farsante que deshonra el nombre de Allah.

Por otra parte, Jalil se autoproclama un “simple servidor de Dios”, y con respecto al señor Abdel Bari, dice sentirse satisfecho porque no se pervertirá más el alma de la juventud।

También recabé información acerca de Jalil gracias a uno de sus allegados que se mostró particularmente dispuesto a conversar con un extranjero que sabía tan poco de los musulmanes। Jalil nació en una desaparecida provincia que colindaba con As Samawah. Su padre era un teólogo brillante, un eminente maestro que enseñó a su primogénito a respetar y amar sus tradiciones religiosas. -Cuando tenía siete años de edad –dijo levantando el dedo índice- arrojó sin titubear la primera piedra a una tía suya que deshonró a su marido, dando así, para orgullo de su familia, un prueba tangible de que amaba a Dios sobre todas las cosas-. Continuó refiriendo otros capítulos de su adolescencia que daban ya muestras claras del carácter resuelto que configuró la personalidad de Jalil, y era por cierto muy interesante y a la vez harto confuso para mí, en este lugar de costumbres bárbaras y cruentas, que se hablase de la espiritualidad con tal sumisión y reverencia.

Entretanto, Abdel Bari, sentado en un rincón de la casa, tiene los ojos apretados como un puño; concentrado en pensamientos ignotos, a lo que se ve no le intranquilizan las consignas que se elevan como la arena entre las dunas desérticas.

Jalil, envuelto por los rayos del sol, contempla el maravilloso cielo azul por un momento y dice que la muerte purifica al hombre; acto seguido, se aparta del umbral de la puerta para que otro que se halla junto a él dirija la misma arenga hacia el pueblo congregado: los ojos de las mujeres miran con recato a través de la estrecha rendija del burka, y los rostros y las manos entrecruzadas de los hombres denotan recogimiento. Detrás del grupo solemne de vestiduras blancas y negras que flotan como banderas sobre mástiles, hay un temible tanque color arena y unos soldados americanos que hacen el rol de testigos desinteresados –es como si observasen otra vieja e ininteligible historia árabe-. Uno de ellos me mira con detenimiento. De la bolsa de su chaqueta saca un cigarrillo y sonriendo me pregunta si soy inglés.

domingo 18 de octubre de 2009

Si pudiera


Si pudiera esperarte, esperaría, y si pudieras volver aquí, volverías, porque si estuviésemos juntos, querríamos sentir el bello atardecer bajo la dulce arboleda de pájaros.

Día tras día te busco en la multitud, día tras día sólo mi sombra me acompaña.

Si yo nunca fuese a morir esperaría, pero aunque mi amor es perpetuo mi alma languidece, ven pronto.

Cuando vuelvas a mí y estemos juntos, no esperaré más, dormiremos con el rumor de un bello atardecer bajo la dulce arboleda de pájaros.

domingo 20 de septiembre de 2009

El Sueño del Muñeco


Una mujer que tenía la costumbre de soñar con harta frecuencia y con quien me unía un vínculo de naturaleza romántica me refirió un sueño con el propósito de que develara su significado. La temática de los sueños nos entusiasmaba en aquel entonces y acepté gustoso a pesar de que desconfiaba muy sinceramente de mis habilidades para ello.

Esclarecer el contenido de los sueños requiere objetividad y paciencia, sólo mediante una escucha activa es posible seleccionar después el material útil y diferenciar lo trascendente de lo intrascendente, con lo que las conexiones y los significados quedan establecidos. Diríase que, por analogía, interpretar un sueño es semejante a picar una piedra con un cincel buscando una regularidad, una forma que lentamente y por sí sola irá mostrándose a los ojos del espectador.

Facilitada por el contexto del que los dos éramos partícipes, la interpretación se dio naturalmente y de hecho ella misma pudo haberlo interpretado de no haber sido por la censura que le impidió extraer sus propias conclusiones:

Tu familia y yo nos encontramos en una estancia oscura que es repugnante por una razón desconocida. Las paredes y el suelo son negros, solamente una ventana permite que la luz se filtre en el lugar. Después de haber estado mucho tiempo ahí –me pareció que fueron meses- la puerta se abre y salimos a un lugar iluminado en donde hay otras personas, creo que estamos en una fábrica. Un señor nos guía y nos entrega piezas de plástico y agujas, tú y yo hacemos un muñeco.

El “Sueño del Muñeco”, si se me permite llamar así a este singular relato onírico, se explica por la circunstancia de nuestro noviazgo y por el contenido del sueño. Respecto a lo primero, considérese que dicha mujer fantaseaba con casarse y formar una familia con el hombre que amara, que repetidas veces imaginó que éramos marido y mujer. Ya que la venida de un hijo representaba para ella un progreso en toda relación seria -pues la pareja decide o no consolidar un núcleo familiar-, no es de extrañar que deseara hacer un muñeco: hacer el amor, hacer un hijo. Otros puntos de referencia aluden al estado de gestación: la estancia oscura –el vientre materno-, la prolongada espera –“me pareció que fueron meses”-, la ventana por la que se filtra la luz –dar a luz-, la fábrica. En el “Sueño del Muñeco” ha de invertirse el orden de las escenas y se tendrá el curso auténtico que va del acto sexual a la procreación.

sábado 19 de septiembre de 2009

Ocurrencias y Pensamientos



Quien no tiene nada que perder tiene todo por ganar.





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Los individuos que emplean la adulación como recurso para obtener lo que desean normalmente alcanzan resultados favorables a su suerte si su objetivo es endulzado por las golosinas de que se nutre la Egolatría; sólo una cosa escapa de las manos de los aduladores y esto porque su naturaleza les impide ambicionarla: Dignidad.



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Pienso que una persona madura no es necesariamente la que asume mayores responsabilidades sino aquella que quiere asumirlas. Hay responsabilidades que sólo en apariencia lo son, pues muchas de éstas pseudo responsabilidades son más bien consecuencias inevitables, verbigracia los embarazos no deseados en los que para la mujer el aborto es imposible por razones médicas o jurídicas –si bien hubo antes de tomar una decisión, la de tener relaciones sexuales, luego se percata de que el embarazo es ya una consecuencia inevitable, siendo por tanto coaccionada para que obre de un modo único y particular-.





Las verdaderas responsabilidades son actitudes autónomas, se originan en el individuo y pueden coincidir lateralmente con factores externos. En el caso arriba citado, la sociedad moderna juzgará muy probablemente a la mujer reacia de la forma que sigue: “Si ella hubiese sido más cuidadosa se lo habría evitado, ahora debe responsabilizarse del hijo que lleva en sus entrañas”. Pero la sana y verdadera responsabilidad implica libertad para elegir -se trata del querer y no del deber-.




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No tolero a los intolerantes.




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El chasco que te va dejando un libro cuya historia encuentras insípida o aburrida en las primeras páginas e incluso en las que siguen puede compensarse con la prosa, si es buena, aunque para ello es menester que sepas apreciarla. Si la prosa también es mala, sometiendo a prueba tu fuerza de voluntad puedes proponerte acabar el libro para disciplinarte: “¡No me dormiré! ¡No me dormiré…!”




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Las reyertas entre la izquierda y la derecha son, por lo general, inconciliables: una y otra corriente política se orientan por filosofías enteramente distintas cuyos principios dan origen a sistemas que se oponen por necesidad. Podría decirse que, en esencia, buena parte de sus diferencias es de carácter ético.




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A causa de la propaganda de los medios de comunicación, la democracia en México es uno de los mitos más grandes y viejos. Parafraseando a un escritor que comparaba el amor con los fantasmas, pudiera decirse de nuestra democracia que “todos hablan de ella pero que nadie la ha visto”.





sábado 12 de septiembre de 2009

El árbol de los colgados


Agotados de tanto jugar y correr en el patio de una casa de campo, dos niños buscan reposo a la sombra de un árbol que los resguardará del insoportable calor de mediodía. Salpicada de verdores que se esparcen aquí y allá, la tierra se alarga interminablemente bajo un despejado cielo azul. A la distancia se vislumbra una modesta carretera, que es la única vía de acceso a este pueblo mexicano. Cada cinco minutos, de acuerdo a las ociosas estimaciones de Gabriel, los tráilers atraviesan el horizonte y levantan una cortina de oro que forma volutas caprichosas.


Sobre las piernas de Andrés, un perro de nombre Goliat recarga su cabeza y descansa indolente mientras su amo acaricia su pelo lacio con la mano derecha. El perro es un distinguido camarada, el fiel compañero que no lo ha delatado ni abandonado nunca; su lealtad incluso lo salvó de la muerte. Yendo de paseo por La Vereda Prohibida, entre los matorrales una serpiente les salió al paso, preparada para el ataque se irguió amenazadora e hizo sonar un cascabel, mostró unos colmillos agudos y mortales pero “Goliat se arrojó sobre ella, la víbora tuvo miedo y a toda prisa se escondió en un arbusto”.

El lomo del Goliat se contrae y expande al compás de su respiración.

Gabriel se quedó pensativo, un recuerdo frío y oscuro acaparó su memoria y finalmente se resolvió a decir:

-Pues a mí me atemorizan los fantasmas... ¿Has visto fantasmas? –hizo esta pregunta cual si esperase recibir una respuesta satisfactoria que lo librara de parecer un lunático, mas sin esperar a que Andrés replicase cosa alguna, repitió cuanto escuchara en una charla de sobremesa-:

-En la época de la revolución tres bandidos aterrorizaban al pueblo. Dicen los viejos que robaban mujeres y asesinaban niños, todos huían sólo verlos. La última noche quemaron una hacienda –Gabriel apuntó con su dedo a un muro derruido-, creo que la quemaron porque no les gustaba la gente rica. Un contingente de soldados que seguía sus huellas acudió al lugar cuando ascendió la humareda y dieron alcance a los forajidos. Para que no volvieran a cometer sus fechorías los colgaron de aquella rama.

De repente Goliat bostezó e incorporándose caminó hacia Andrés, quien giró los ojos hacia la sólida rama que sobresalía del árbol -¡Qué tontería! ¿tú cómo sabes todo eso? –deseaba conocer simultáneamente qué relación existía entre aquella historia y los fantasmas. Gabriel no le oyó.

-Fue hace mucho tiempo, mi abuela se lo contó a mi madre y de algún modo debió ser así porque -hizo una larga pausa y continuó-: cuando hay luna llena veo a los colgados, bajo el rumor de las hojas danzan con el viento.

Esto lo sabe Marta, la abuela de Gabriel. Una tarde la anciana tomaba el fresco sentada sobre una silla de mimbre. Entregándose a reflexiones que le producían aflicción, repasaba en su mente el triste funeral de cierta sobrina que falleció en la flor de la vida. A los pies del árbol cavaron una fosa y el ataúd se hundió lenta, muy lentamente: el corazón de Marta se comprimió al caer las paladas de tierra sobre aquel destino truncado que desapareció emitiendo un ruido sordo.

Una semana más tarde, Marta pensaba de nuevo en lo sucedido, y mientras tanto hacía fue sacada de sus cavilaciones al mirar a su sobrina colgando del árbol; unos ojos vidriosos se sumían en el rostro pálido y una melena de cabellos negros relucía bajo el sol, ¡igual que el día en que la encontraron muerta! Marta se puso fría, su sangre latió muy fuerte y harto agitada se paró con trabajos de su silla. La sobrina difunta, si es que era, en efecto, su sobrina, se quitó la soga del cuello, bajó de un salto del árbol y llevando sobre sus labios una mueca de dolor caminó hacia Marta. ¡Ay, la pobre de Marta no podía mover las piernas bastante rápido! Por un segundo la difunta se detuvo e hizo un gesto para que la siguiera, pero un segundo después reemprendió la marcha. Marta corrió tan rápido como pudo hasta llegar a la casa de su vecina, ¡al fin!, se dijo. Golpeó desesperadamente la puerta, jadeaba, gritaba y suplicaba, ¡ojalá que alguien esté allí! Para cerciorarse de que no era un sueño giró la cabeza detrás de sus hombros: a dos pasos de distancia la difunta extendía sus gélidos brazos para estrecharla, en ese preciso momento Marta oyó una voz conocida que la llamaba por su nombre y la horrible figura desapareció cual una sombra en el viento.

Andrés imaginó tres figuras recortadas en el horizonte a la luz de la luna, después evocó el silbido de la serpiente y al sentir las escamas del reptil subir por su espalda se alejó un poco del árbol.

Una bandada de pájaros barrió el cielo cual una nube de flechas.

-Ellos no pueden hacernos daño–dijo Andrés -. Están muertos.

-Tienes razón –digo Gabriel, destapando una gaseosa-.

Cuando el calor disminuyó, olvidándose de historias extrañas, los dos amigos y Goliat fueron a comprar golosinas.

sábado 22 de agosto de 2009

La Mulata de Córdoba



En Veracruz, durante la época del virreinato, cuando los españoles aún subyugaban a México, vivía una mujer célebre por su belleza y por ciertos dones sobrenaturales que poseía: La Mulata de Córdoba. Una época se ha edificado sobre una anterior, no se supo entonces ni se sabe ahora cuál fue su nombre verdadero, pero la historia inscribió en sus páginas lo ocurrido con esta mujer extraordinaria. Gracias a su maravilloso arte, a la edad de doce años atrajo a sí una clientela dispar que la visitaba asiduamente y con igual sentido de humildad: indios y españoles, pobres y ricos golpeaban su puerta. Ora La Mulata prepara pócimas para curar el mal de amores de un muchacho, ora mezcla yerbas para sanar las heridas de sus hermanos esclavos; descifraba el futuro de los curiosos en las cartas o en los astros, y era, ciertamente, una mujer entendida que hizo las veces de consejera en virtud de su saber, al punto de consternar al párroco del pueblo, quien alarmado se percató de que los siervos de Cristo la preferían a él. Miguel Velázquez nació en Sevilla, España. Un día, habiendo salido de su parroquia para hacer un peregrinaje a la ciudad, en el medio de la selva lo sorprendió la noche, la cual esmaltó los alrededores con sus sombras impenetrables. De pronto, el corazón de Miguel latió rápidamente, cuando susurros, humanos o no humanos, vibraron entre las hojas; le sobrecogió el temor, como a buen cristiano, pero no lograba recordar sus rezos, y ya dándolo todo por perdido, una voz dulce y femenina habló, apaciblemente, en aquel sitio apartado: “Buen hombre, perdone que lo importune, no me hubiera atrevido a molestarle si no fuese porque me pareció que se hallaba extraviado.” Miguel contempló a la mujer y recobró la serenidad al reconocer el rostro broncíneo de La Mulata de Córdoba. Ella le obsequió una piedra verde que irradiaba una luz preciosa con lo que Miguel pudo proseguir su peregrinaje sin mayor contrariedad. Dado que toda persona que se distingue de los demás por alguna razón se convierte en objeto de antipatía, La Mulata se había hecho también de enemigos. Otros curas, idiotizados por la fiebre del fanatismo, la miran con recelo desde el púlpito; el Santo Oficio la sigue discretamente, sus manos inquietas, con dedos blancos y sarmentosos, esperan el momento justo para echarle sus redes fatales. Si no hubiese sido porque La Mulata era muy querida entre la gente, que le debía enorme gratitud, ha mucho tiempo que la habrían arrojado a las llamas. Quienes la temían, aseguraban que era una siniestra bruja y que un jinete, el diablo, acudía a su casa a eso de la media noche, quizá para recordarle que su alma era suya, y esto porque se contaba que la vendió a cambio de sus poderes mágicos. Se relataba que al llegar el personaje demoniaco un furioso incendio se desataba en el interior, creían que era su amante y que por ello La Mulata despreciaba de continuo a los muchos pretendientes que la solicitaban. Un hombre importante que ocupaba un puesto elevado en la iglesia católica prestó oídos a las acusaciones, y a los que la acechaban de cerca, a esos instigadores del odio, les fue concedida su venia para apresarla. Un primero de diciembre, La Mulata escuchó un vocerío fuera de su hogar, el escándalo era mayúsculo, abrió la puerta y vio a un hombre leyendo una orden severa: “Por incurrir en prácticas contrarias a la fe cristiana, la mujer conocida como La Mulata de Córdoba es sentenciada a muerte…” La Mulata no se inmutó, sólo pidió que se le permitiera llevar consigo algunos objetos personales. Fue así que la terrible bruja fue encerrada en prisión, y fue así, también, que su leyenda comenzó a labrarse un lugar en el bagaje cultural de México. Un mañana, el carcelero que hacía su ronda habitual observó a la cautiva rayando las paredes con carbón, La Mulata estaba muy ensimismada en su obra, pero al poco le miró a él y preguntó: “¿Qué le falta a este navío?” Rechinando los dientes, dijo el carcelero: “Condenada mujer, no te arrepientes de tus pecados, en vez de suplicar la misericordia del Altísimo te empeñas en vanos pasatiempos, ¡salva tu espíritu!”. “Mas, precisamente, eso es lo que estoy por hacer”, replicó la mulata, quien, sonriendo, saltó al navío que había dibujado. Nunca más se volvió a saber de ella.

jueves 20 de agosto de 2009

Ocurrencias y Pensamientos



He perdido el hábito de escribir, desde hace más de dos meses que delante de mi escritorio se extiende una página virgen: su blancura ya no me parece tentadora en absoluto, el deseo ha muerto –a final de cuentas, a nadie puede ni debe importarle sino a mí-. ¿Esterilidad artística? No se trata de eso. Como en los mejores tiempos, aún se gestan pensamientos graves y saltan dichosas ocurrencias en mi cabeza, asimismo, cierto día hice medianos progresos en lo que se refiere a la composición literaria, pero el entusiasmo que solía animarme otrora se apagó, se fueron las mañanas de puro placer estético. Plenitud: me reduje al silencio después de haber derramado tanta risa, luego de estallar en lágrimas.







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La escritura es una suerte de huida… No quiero ser un prófugo.





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Cuando medité hondamente sobre mi tortuosa existencia, concluí que lo mejor que pudo sucederme fue perpetrar grandísimos errores, pues aunque son irreparables y me aleccionaron vagamente, mi conciencia no puede echarme en cara el no haber vivido.







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No hay tal cosa como “la finalidad o el secreto de la vida”, esta clase de enunciados se debe a la charlatanería de los hombres ociosos. La vida no se aloja en la casa del saber, por eso no puede aprenderse ni enseñarse: la vida es y sólo puede ser…





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¿A qué colgar un frío e inerte cuadro, si una ventana abierta descubre el magnífico cielo azul?






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En unas cuantas líneas, mejor que cualquier poeta que yo haya leído, Manu Chao registró el necio y tierno monólogo de los (des)enamorados:





Je ne j'aime plus
Mon amour
Je ne t'aime plus
Tous les jours








“Yo no te amo más mi amor, yo no te amo más todos los días”.