
Un familiar de Abdel Bari, quien me pidió mantener su identidad en el anonimato por razones de seguridad antes de acceder a la entrevista, explicó que en el trasfondo de aquella parafernalia se ocultaba una personal animadversión de Jalil contra Abdel Bari que inició el día en que éste impidió a una turba furiosa lapidar a una muchacha.
–Era una mujer que despreció al pillo de Jalil –dijo en voz baja, como si temiese que las paredes de su cuarto pudieran oírle-. Un día, el padre encomendó a la mujer traer agua de una fuente cercana, y obedientemente, ella caminó hacia el lugar preciso y se inclinó para recogerla, pero entonces Jalil, que la había estado acechando desde hacía tiempo atrás, intentó sujetarla para dar gusto a sus demonios. Sin embargo, la presa inocente era más fuerte de lo que pensó, ya que con un ágil movimiento se libró de sus manos y le hirió en el abdómen con un puñal que ocultaba debajo de su vestido –mi interlocutor se echó para atrás y frunciendo el ceño me miró con una severa expresión que infundía miedo-: Jalil es un farsante que deshonra el nombre de Allah.
Por otra parte, Jalil se autoproclama un “simple servidor de Dios”, y con respecto al señor Abdel Bari, dice sentirse satisfecho porque no se pervertirá más el alma de la juventud।
También recabé información acerca de Jalil gracias a uno de sus allegados que se mostró particularmente dispuesto a conversar con un extranjero que sabía tan poco de los musulmanes। Jalil nació en una desaparecida provincia que colindaba con As Samawah. Su padre era un teólogo brillante, un eminente maestro que enseñó a su primogénito a respetar y amar sus tradiciones religiosas. -Cuando tenía siete años de edad –dijo levantando el dedo índice- arrojó sin titubear la primera piedra a una tía suya que deshonró a su marido, dando así, para orgullo de su familia, un prueba tangible de que amaba a Dios sobre todas las cosas-. Continuó refiriendo otros capítulos de su adolescencia que daban ya muestras claras del carácter resuelto que configuró la personalidad de Jalil, y era por cierto muy interesante y a la vez harto confuso para mí, en este lugar de costumbres bárbaras y cruentas, que se hablase de la espiritualidad con tal sumisión y reverencia.
Entretanto, Abdel Bari, sentado en un rincón de la casa, tiene los ojos apretados como un puño; concentrado en pensamientos ignotos, a lo que se ve no le intranquilizan las consignas que se elevan como la arena entre las dunas desérticas.






